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¿Superman o superboy?

Como regla natural, los padres quieren mucho a sus hijos, y quieren lo mejor para ellos. Cuando miramos hacia atrás, muy probablemente recordamos cómo nuestros padres hicieron muchas cosas por nosotros: desde esas conversaciones sabrosísimas, donde con mucha sabiduría nos contaban sus “historias” y nos ponían en contacto con la realidad, hasta ese esfuerzo por apuntalar nuestros estudios y aficiones. Sin embargo, en la época que ellos vivían no existían todos los medios de información con los que hoy contamos.  Por decirlo de alguna manera, la educación obedecía menos a estereotipos y más a un proceso natural, sujeto a las tradiciones familiares.  Con la llegada de las redes sociales, de la presión de los medios de comunicación, las nuevas tecnologías y un mundo más global y competitivo, hoy los padres pueden sufrir un síndrome de competitividad altamente peligroso.
 
El padre “modelo” y el hijo modelo pueden llegar a representar la suma de todas las perfecciones.  No se puede admitir ningún error.  Y para eso es necesaria una super-educación, llenarles todo el tiempo, ponerlos en una infinidad de cursos y programas extracurriculares, aprender chino mandarín, francés, ruso y alemán, y –ya nos olvidábamos- en la academia de fútbol, de básquet, de karate y tae-kwon-do, además del club de debates, las clases de tecnología y los talleres de complementación.
 
Con facilidad, podemos estar creando niños super-dirigidos hacia nuestras propias metas, incapaces de resolver problemas por sí solos y de tomar decisiones autónomas. Y justamente las principales variables de éxito de una persona se fundan en la capacidad de autodefinir sus propias metas, de evaluar con sentido crítico positivo las diferentes opciones que le presenta la realidad y obrar en consecuencia. El precio a pagar de no obrar así es caro:  de niños suelen ser dóciles y siguen lo que los papás establezcan.  Pero luego, al llegar a la adolescencia, pueden perder toda capacidad de acción o, peor aún, pueden estallar justo en sentido contrario, con conductas totalmente disruptivas y poco favorables para la propia personalidad –alcohol, drogas, conductas de riesgo-.  En el límite, pueden llegar a generar depresión y conductas suicidas. Sin embargo, regresemos al punto de origen: los papás que actúan así, lo hacen pensando que están haciendo  una cosa buena.  Nadie lo duda.  Pero las consecuencias nos demuestran que olvidamos algo importante:  más que enseñar a hacer cosas, se trata de enseñar a tomar decisiones; más que enseñar contenidos y habilidades, se trata de enseñar a hacer buenas preguntas, pensar críticamente y actuar sobre la realidad. 
 
En este camino, hay algunos factores que son fundamentales.  Los niños y los jóvenes deben tener tiempo para jugar.  Y no me refiero para jugar juegos en línea o juegos prefabricados, sino juegos desestructurados, los de siempre, los de toda la vida, los que nosotros utilizamos de niños.  Pensemos: ¿cuándo fue la última vez que hemos jugado con nuestros hijos en el campo, en el parque, en la sala tumbados en el piso?  Juegos que exijan diálogo, actividad, mirarse a la cara, reírse conjuntamente.
 
Jugar y elegir siempre suponen un riesgo.  Y es bueno educar en el riesgo.  No es bueno, por el contrario, una educación principesca donde detrás de cada hijo hay una madre o un padre o una nana para controlar y prevenir todas sus acciones, y donde cualquier pequeño accidente se convierte en una especie de tragedia.  Todos, de chicos, hemos tenido nuestras propias historias de caídas, golpes, raspones y más que raspones, pero todos nos hemos repuesto. No se trata de ser imprudentes, pero no es bueno convertirse en padres helicópteros que están siempre encima de los niños.
 
Los buenos padres son siempre guías para sus hijos, y enseñan con el ejemplo, dedicándoles tiempo de conversación y de interacción, cara a cara.  Son padres que juegan con ellos, y que no buscan hijos “superboy” o “supergirl” sino simplemente buenos hijos que contribuyan al desarrollo de los demás.  Enseñan siempre a sonreír, a superar los problemas y a saber asimilar un poco de dolor y de lágrimas cuando sea el momento necesario.  Así, con el paso del tiempo, se forja una personalidad fuerte, capaz de enfrentar la siempre difícil vida de adulto con un sentido optimista y sereno.  
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