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Blog del director: Como hacer crecer un hijo seguro de sí

Ángela, joven madre, tiene a su hijo Andrés en el kinder con 4 años de edad. Hace pocos días la llamaron del colegio de su hijo citándola a una reunión. Acudió puntual con su marido a la cita no sin cierta preocupación. La tutora le ha comentado, entre otros temas, que Andresito no se demuestra como un niño seguro de sí mismo y le ha dado algunos consejos para revertir la situación.

¿Ustedes, lectores, pueden imaginarse la preocupación de la mamá. ¿Qué significa esto?  ¿Qué con-secuencias puede tener?  Y por supuesto, ¿qué tenemos que cambiar?

Una tarea fundamental en el proceso educativo de los padres es hacer hijos seguros de sí mismo. Cuando el hijo tiene seguridad, todo su campo cerebral se proyecta hacia el exterior con confianza y entonces se producen muchos aprendizajes. Su personalidad firme, le permite salir a conquistar el exterior y divertirse en el proceso. Por el contrario, el hijo carente de esa confianza en sí mismo, se encierra y se paraliza, perdiendo oportunidades de crecer.  Lo peor de todo es que un niño así termina contrastándose con los otros y termina por crearse en él una imagen de “no puedo” muy difícil de remontar.

Doy aquí unos consejos que pueden ayudar a los hijos para ganar en esa seguridad en sí mismos:

  1. Que vea a sus padres seguros de sí mismos. El principal mecanismo que tienen los chicos para aprender es copiar lo que ven. Por eso les encanta cuando uno le hace “morisquetas” y ellos tratan de imitarlo. El cerebro tiene una disposición innata para ello.
    Por eso, los padres tienen que reflejar seguridad en la interacción con el hijo. Un detalle útil es que tengan unidad de criterio: papá y mamá educan por igual y ninguno de ellos hace del niño “su” objeto o concede preferencias.
  2. Proponerle objetivos concretos y realistas. A todo niño le encanta el juego.  El juego es siempre un reto y el niño está hecho para ello. Por eso, los padres deben tener pequeñas metas alcanzables por el niño, que estén a su alcance. Como en edades tempranas todo entra por los ojos, hay que tratar que los logros tengan una expresión gráfica en algún lugar. Por ejemplo, resulta útil para los más pequeños ir pegando figuritas en la refrigeradora de la casa o anotando estrellitas en una pizarra cada vez que el niño va consiguiendo esos logros. De este modo, podemos dar el paso siguiente: la celebración.
  3. Celebrar sus logros.
    Para reforzar su seguridad, no hay nada mejor que celebrar los logros. Pero cuidado, no se trata de sobrevalorar a los hijos. Por ejemplo, no resulta conveniente ante unos buenos resultados académicos decirle “tú eres el más inteligente”. Puede ser el caso que más adelante no consiga esos mismo resultados y se produzca el efecto contrario en la autoestima, o por el contrario, que se cree una aureola vanidosa que lo puede terminar alejando de sus compañeros.

    En la celebración hay que tener en cuenta tres ideas.

    Primero, celebrar afectivamente cada triunfo con un reconocimiento emotivo y que haga ver el impacto en él y en los demás: motivación intrínseca y trascendente. Ese triunfo lo puede ver refleja-do en las figuritas de las que hablamos más arriba.

    Segundo: que se vuelva hábito. Podemos poner una meta de “conseguir” una cantidad de figuritas que representen buenas acciones. Cuando se alcanza ese número, entonces “lo celebramos en grande”. Para un niño esa celebración puede ser el postre que le gusta, el helado fuera de casa, etc., pero siempre algo pequeño: lo más importante es el logro y que vea que los padres están contentos.

    En tercer lugar, ayuda mucho tener un “cuadro histórico” de los triunfos que va consiguiendo. El cuadro puede ser un papelote donde se pegan fi-guras relativas al suceso, o fotos –por ejemplo, metí el gol en el partido, o dejé ordenado mi cuarto-. Esto refuerza visualmente la seguridad en el niño.
  4. Hablar de “nosotros” y no de “tú”.
    Las buenas costumbres no se establecen en casa diciendo “tú tienes que hacer esto”. Lo mejor es crear un estilo familiar. Por eso es más útil decir “nosotros tenemos que ser limpios y ordenados”. El reconocido educador norteamericano Jim Stenson llama a esto “el poder del nosotros”.
  5. Si hay que llamar la atención, hacerlo constructivamente.
    Padre que no llama la atención, no educa. Lo contrario sería libertinaje. Pero la crítica tiene que estar siempre sopesada con los logros: procurar más logros que ocasiones de llamadas de atención. Y cuando hay que hacerlo, utilizar la técnica del “sándwich”: una frase positiva, luego la llamada de atención, para terminar con otra frase positiva. Por ejemplo, si derramó el plato cuando intentaba comer al no hacer las cosas con suficiente concentración, podemos decirle que es muy bueno el esfuerzo que pone por comer solo y sin ayuda, pero que necesita poner más atención al hacerlo, y terminar diciendo alguna referencia positiva a algo que hizo bien; por ejemplo “me gustó mucho que hayas ordenado tu cuarto”.

Renzo Forlin

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