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Blog del Director: Corazones partidos yo no los quiero

 
Acabo de volver de Finlandia después de un agotador pero muy enriquecedor viaje. En el avión de regreso, al partir de Helsinki, el sol brilla muy bajo en el horizonte, colándose suavemente por la ventana. Abajo se observa el mar Báltico con pequeñas olas erizadas de blanco. Mientras contemplo ese paisaje tan impresionante, por los audífonos se desliza una vieja canción –una cueca- del cuyano Saúl Salinas: “Corazones partidos”. Su primera estrofa reza así: “Corazones partidos yo no los quiero / que si le doy el mío lo doy entero”.
 
Como dicen que la música es musa de inspiración, escribo estas líneas bajo su influjo.  Y si alguno quiere compartir la pasión, que busque en YouTube a los famosos Chalchaleros con el título de esa canción.  A mí me trajo a consideración la necesidad que tienen los esposos de consolidar el amor matrimonial.  No es tarea nada fácil, como lo muestra la experiencia, pero es imprescindible para asegurar la felicidad de cada uno y de toda la familia.
 
Los medios de opinión ponen con facilidad los reflectores en las infidelidades de los famosos y la frecuencia de los divorcios, eso podría hacernos perder de vista la cantidad de matrimonios que perduran en un amor fiel durante muchos años.  Y es tanta la publicidad en aquél sentido, que hasta al más firme cónyuge le pueden tambalear los pies y terminar por desarrollar desde pequeñas dificultades, a cuestionamientos que tornan gris y oscuro lo que antes era colorido y alegre, e incluso terminar por grandes crisis con consecuencias serias para la persona y su familia.
 
La Universidad de Harvard realizó un estudio longitudinal -9 años de duración- haciendo un seguimiento a más de un millón de personas comprometidas entre sí.  El hallazgo reveló que las probabilidades de enfermar o fallecer aumentaban significativamente cuando los cónyuges se separaban sea por abandono, fallecimiento u otra causa.  Curiosamente contra lo que pueda pensarse, los hombres tienen mayor probabilidad de sufrir el impacto que las mujeres, pero en ambos casos estamos hablando de cifras significativas.
 
Por otro lado, es fácil extrapolar el estudio e inferir que el impacto se da también sobre el resto de los miembros de la familia: hijos, abuelos.  Estamos hablando, por tanto, que la separación implica jugarse años de vida propia y de la vida de otros, y que cuando esta se da por un tema de falta de fidelidad, estamos canjeando efectos de largo plazo por oportunidades de corto plazo.  Para entenderlo mejor, es como empezar a vivir apalancado en las tarjetas de crédito que nos pueden dar una tranquilidad momentánea, hasta que los intereses nos revientan en las manos y entramos en un trompo financiero.
 
Por más que nuestra sociedad relativista quiera ver el matrimonio solo como un mero convenio momentáneo que puede cambiar en cualquier momento, la verdad es que el verdadero matrimonio, el único, se constituye sobre sólidos vínculos que se tornan en lazos reales.  Esto es lo que nos revela el estudio de Harvard desde un punto de vista científico.
 
Desde un punto de vista cristiano, los lazos que se establecen hacen que marido y mujer se hagan como una sola carne.  Y lo que Dios a unido, que no lo separe el hombre.  Ciertamente la realidad es muy rica y todo no se puede asegurar, pero vale la pena construir el matrimonio cada día y saber vencer las dificultades que se presentan.  Por eso, brindo mis respetos a quienes después de un quiebre momentáneo –pequeño o grande- son capaces de reconstruir esos lazos y recomenzar.
 
Recomenzar recomenzamos todos, pero algunos más.  No es tarea fácil y requiere una actitud muy firme:  la del borrador mental, digamos que una especie de liquid-paper en el pensamiento. 
 
Para construir una relación firme se requiere borrar los errores, olvidarlos, y no colocarlos en el archivo de agravios que se vuelven a sacar a la primera pelea.  Pensemos en el valor de esto desde la perspectiva de Harvard: vale la pena vivir más años y más felices por la unión, sin enfermedades o rupturas mentales –depresiones-.
 
Volviendo al comienzo, vivamos de tal modo que “corazones partidos yo no los quiero / que si le doy el mío lo doy entero”.  Mis amigos argentinos estarán de acuerdo.  Gracias Saúl Salinas por esa hermosa canción.
 
Renzo Forlin
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