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Blog del Director: ¡Cuántas cosas no necesito!

 
Pragmata den chreiazetai polla...  Se acaba el año y vienen las vacaciones de verano.  De por medio está la Navidad, fiesta de honda raíz cristiana y fuerte connotación familiar.  Y entre ambos, encontramos los regalos que en unos países se dan el 25 de diciembre; en otros, en bajada de Reyes el 6 de enero; y en la ciudad de mi padre –Mantova, la tierra de Romeo-, en la fiesta de Santa Lucía (pronúnciese en italiano para respetar la marca de fábrica: Luchía, diríamos), que cae en 13 de diciembre.
 
Estas circunstancias me hicieron recordar aquella anécdota atribuida al filósofo griego Sócrates (471-399 A.C.).  Se encontraba paseando por un mercado lleno de ropa espléndida mientras iba él vestido austeramente.  Al término del recorrido, admirado de tanta abundancia comentó satisfecho: ¡cuántas cosas no necesito!  Qué buena consideración para tener presente al momento de querer ser regalones con nuestros hijos.  La virtud se siembra desde niños, y si hemos de educar bien en todo, hemos de educar en el uso razonable de las cosas.
 
Nuestra sociedad consumista contemporánea, con su insaciable prédica publicitaria, atosiga las mentes de todos con infinidad de productos que nos prometen la felicidad plena.  Como adultos, y no siempre, podemos manejar a duras penas esa pasión de comprar por comprar, pero esto es más difícil con la audiencia joven.  Con facilidad, podemos criar hijos con obsesión por la posesión de objetos, marcas y prendas que se consumen y se tiran con la misma facilidad con la que llegaron.   Así, poco a poco, la vida no es más que acumular bienes a lo “Rico Mc Pato” –cada cual a la medida de su bolsillo- sin lograr nunca satisfacer a la persona.
Junto a esa obsesión alienante, los chicos también pierden el valor de las cosas.  Son bienes caros, que no enriquecen la personalidad propia, y que suponen un dinero que ni ellos han ganado, ni saben lo que ha supuesto ganarlo, ni saben lo que otros padecen por conseguir la mínima parte de lo que piden.
 
Hace cosa de un mes tuvimos la suerte de ir con casi 40 alumnos a construir casas para familias necesitadas. Todos ellos, al contemplar el lugar donde originalmente vivían las familias que iban a recibir la ayuda, me comentaban: -¡nunca imaginé que una familia podía vivir así!   Y se sorprendían –como nos sorprendemos nosotros- de encontrar que su vivienda original eran unas paredes de cartón y plástico, llenas de rendijas por las que se colaba el viento y el frío, de 10 m2 en la que cabía todo: camas, mesas, cocina, sin privacidad alguna.  ¡Cuánto bien les ha hecho ver y vivir la realidad! Y cuánto beneficio han obtenido al tener que trabajar para conseguir el dinero para adquirir y construir una vivienda con 3 ambientes, puertas y ventanas, que totalizan 24 m2.
 
Esos alumnos desarrollaron coraje para aceptar el reto de salir de la comodidad y apostar por algo desconocido, tal vez con dudas en un inicio, pero que al terminar, tenían el corazón lleno de felicidad.  Bien podemos ver cómo han dado un gran paso de liderazgo trabajando en comunidad y por la comunidad. 
 
Llega el verano, llegan los regalos.  Aprovechemos para enseñar a los hijos el valor de las cosas temporales y la necesidad de ser moderados en el uso de los bienes y la obligación moral de ayudar a los más necesitados:  con el ahorro propio, con mi ayuda personal brindándoles el tiempo de mi trabajo o de mi conversación -¡cuánta gente que padece de soledad y de abandono!-.   Esto no es tarea fácil porque el niño en formación tiene tendencia a poseer las cosas:  la mamá que le reclama a su hijito: -pero hijo, préstale el juguete a tu amiguito...,  y el niño que responde un –no quero, no quero, no quero..., mientras esconde el juguete entre los brazos.
 
La ciencia de la moral, si bien tiene principios, es una ciencia práctica.  A ser valiente, decía Aristóteles, se aprende siendo valiente y considero más valiente al que conquista sus deseos que al que conquista a sus enemigos, ya que la victoria más dura es aquella sobre uno mismo.Y a los hijos hay que ayudarles a ser desprendidos, a conectar los principios con los hechos. ¡Qué bien vienen esos momentos para que los padres tengan conversaciones profundas con sus hijos, fortaleciendo los lazos y ganando en aprecio por ellos!  Y aquí aprovecho para alentar también la ayuda a los abuelos:  ¡cuánto bien pueden hacer con sus nietos si los llevan con ustedes a realizar obras de caridad!  
 
Si Sócrates volviera a pasear por nuestras tiendas y malls, seguramente volvería a decir pragmata den chreiazetai polla...  
 
 
Renzo Forlin
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