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Blog del director: Educar es enseñar a navegar por los mares de la vida

Es un martes de una tranquila tarde otoñal. Inició una nueva reunión de asesoramiento educativo familiar. Tengo frente a mí una joven pareja con dos pequeños hijos en edad escolar y un tercero aún en pañales. Esta vez la reunión ha sido un poco más intensa que de costumbre. Lucas, el segundo de los niños, muchachito de temperamento vivaz, ha comenzado su segundo grado de primaria con no tan buen pie como se esperaba.

–¿Qué ha pasado con mi hijo desde el final del año pasado– se preguntaba el padre– ¿Por qué ahora tiene dificultades de seguimiento de órdenes?

–Todo andaba muy bien, ¿ahora qué ha cambiado?– comentaba la mamá.

Este ejemplo es real y cotidiano: la vida de un niño es el reflejo de su dinámica educativa. Al igual que una pequeña barca surcando el mar, ellos recorren su existencia bajo diferentes circunstancias. Hay momentos de gran tranquilidad y otros en los cuales soplan vientos que exigen aprender a maniobrar. Incluso, hay momentos en los cuales puede llegar un vendaval con oleajes recios y bravos, para volver luego a los mares calmos.

Educar es enseñar a navegar por los mares de la vida.  En este proceso nos viene bien tomar ejemplos del deporte de la vela, como por ejemplo del optimist, practicado por niños y jóvenes. Este es un deporte en el que un niño aprende a dominar la naturaleza a bordo de una pequeña nave de apenas dos metros de largo y una vela.

Un buen entrenador de optimist reconoce en primer lugar que cada uno de sus pequeños navegantes tiene temperamentos y habilidades diferentes; no todos son iguales. Sin embargo, todos deben iniciar la competencia en el punto de partida y llegar a la meta siguiendo las reglas de este deporte. En la vida educativa, los profesores y padres debemos saber llegar a cada niño de modo personalizado. Un buen sistema educativo debe tener en cuenta la singularidad de cada persona y utilizar estos elementos para potenciarla, a la vez que va completando aquellas habilidades que le faltan. 

El optimist también nos enseña que el autogobierno es una meta que todo padre y colegio deberían lograr. Estos jóvenes pilotos tienen sobre sus hombros una enorme exigencia. Están solos sentados en la banqueta de su nave, con un montón de cables alrededor, y la mente ocupada en manejar el timón y la vela. En medio, el viento y las olas golpean la embarcación.

En esa situación, el niño debe gobernar su nave sin los padres alrededor.

El camino al autogobierno no es fácil y los temores hacen presa de los chicos en las primeras clases. Los padres pueden dudar de si esto es lo mejor para sus hijos. Sin embargo, superada la primera etapa de aprendizaje, ellos consiguen gobernar su nave solos y enfrentar las circunstancias. Este es el gran objetivo de la educación: proporcionar a los hijos los elementos apropiados para el buen autogobierno de sus propias vidas.

En una sociedad tan fugaz como la nuestra, es necesario para los niños tener la seguridad de contar con una caja de herramientas que los ayude a surcar el cambiante mar del siglo XXI. Los conocimientos son muy importantes, pero mucho más lo es el dominio y el gobierno de la propia vida. Tanto en una familia como en un colegio, la educación debe estar centrada en la persona, y no exclusivamente en los aspectos técnicos y académicos. Superar la adversidad en cualquier situación, vencer los defectos, mejorar con la práctica, vencer la rutina y trabajar en equipo son las metas a las que nuestros pequeños navegantes deben llegar.
 
Para conseguirlo, un instrumento eficaz es el trabajo de preceptoría cuando los niños alcanzan la edad escolar. Tal vez se entienda mejor la figura del preceptor si se la compara con la del entrenador de los equipos deportivos. De hecho, tal vez en el lenguaje actual se entiende mejor la preceptoría como coaching. Hoy, un buen maestro debe tener las habilidades no solo de enseñar técnicas y habilidades académicas, sino habilidades para enfrentar la vida contemplada desde su aspecto más integral. 

Lo que nos ha demostrado el cambio de siglo es que la tecnología pasa, pero las personas con mayor temple son las que pueden adaptarse a cada nuevo escenario. Los conocimientos sin una base humana tienen una fecha de caducidad de muy corto plazo. Por ello, la competencia más importante que se debe lograr en un joven es la de aprender a vivir y en esta tarea debe existir una permanente cooperación entre el colegio y la familia, de tal manera que el proyecto educativo sea coherente y armónico en todo momento, y esté claramente orientado a la formación de habilidades fuertes para la vida, imprescindibles para el éxito y felicidad de los hijos.

Renzo Forlin

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