Inicio » Blog » Blog del Director »

El Blog del Director: Hacia la identidad

Muchos poetas y literatos han comparado la vida con una especie de camino.  Sin ir lejos, los de mi generación recordarán la canción de Serrat, copiando los versos de Antonio Machado, “caminante, no hay camino, se hace camino al andar”.  Y, ciertamente, nuestras vidas son un camino con punto de inicio conocido y destino por descubrir. Educar proviene de una palabra latina que viene a significar algo así como guiar, conducir.  Y en la vida todos hemos sido conducidos -nuestros padres fueron los primeros y principales guías- y a la vez buscamos conducirnos por nosotros mismos para llegar a la meta. Esto es el objetivo de toda buena educación: dar los elementos para que uno pueda llegar por sí mismo al destino.
 
Pero este recorrido existencial tiene unas etapas que hay que recorrer bien.  La primera, cuando somos pequeños, es la del descubrimiento de uno mismo.  Poco a poco, los padres ayudan a los hijos a entenderse como un ser propio, diferente del otro que está al lado, y que tiene que desarrollarse.  Se trabajan los primeros hábitos -como el orden en atender sus necesidades alimentarias, el cariño realmente manifestado, enseñando así a querer y ser querido-.
 
De allí se pasa a la importantísima etapa de la formación del Yo.  O, dicho en otras palabras, de la formación del carácter.  Es la etapa típica que va de la niñez a los albores de la adolescencia.  Y allí los padres deben poner todo su esfuerzo para que los hijos desarrollen un carácter firme.  Sin embargo, también es la etapa en la que el sicólogo italiano Osvaldo Poli expresa que se presentan “las debilidades afectivas de los padres, que son como virus que actúan como siervos infieles”.  Estos virus afectan la relación emocional con los hijos y en vez de fomentar la autonomía, se favorece la dependencia, a veces extrema, que terminará por formar una personalidad caprichosa durante la adolescencia y, posteriormente, un adulto que no aterrizó en el aeropuerto de la vida y anda perdido en el espacio.
 
De esa etapa de la formación del Yo, se tiene que pasar a la riquísima etapa del desarrollo de la personalidad, es decir, de la persona humana como tal.  Comenzando fuertemente en la adolescencia, durará hasta los 40 años más o menos. Es la época del descubrimiento de los valores trascendentes, no centrados en el yo egoísta clásico de la niñez, sino que desarrollan la capacidad de darse, de abrirse a la vida y a los demás, de gozar empujando para que todos los que lo rodean sean mejores.  Es la época de aprender a amar de verdad. Y como decía la Madre Teresa de Calcuta, para amar, hay que amar hasta que duela.  Es decir, se ama de verdad cuando lo que se hace llega a uno a costarle, pero precisamente porque ama el bien de la otra persona, lo hace.
 
Y aquí aparece un nuevo virus. El de los padres que consideran que ese darse a los demás -con el entusiasmo típico de la juventud- es bueno pero no tanto.  Y así pueden cegar en sus hijos la capacidad de llegar al destino que Dios tiene preparado para cada uno en la vida.  Grau no hubiera sido un héroe si sus padres hubieran preferido que tenga una vida cómoda en casa, gozando del buen clima piurano.  Prefirieron formarlo como hombre en la bravura del mar y esto hizo que nuestro gran marino tenga el temple necesario del heroísmo. Padres, ¡no cieguen nunca las metas de sus hijos!  Al contrario, busquen siempre elevarlas más y animarlos en su camino.
 
Por último, a partir de los 40 en adelante, llega la época en la que uno debe trabajar por fin a fondo lo que podemos denominar su identidad.  Después de esa época cuando uno se talla como persona, llega el momento fuerte de comprometerse a fondo en la causa que ya se ha comenzado a descubrir.  Uno llega a percibir que la vida es corta, que el tiempo pasa y que hay una misión y un destino único para cada uno por el que vale la pena luchar.  Y es el compromiso a fondo de una persona con esa misión lo que lleva a una alegría permanente, sincera y profunda, a pesar de las propias carencias y de las dificultades externas que se puedan presentar.

“Caminante, no hay camino, se hace camino al andar...”.  Que todos tengamos el ánimo, la audacia y la valentía para recorrer toda esas etapas sabiendo que Dios nos espera con los brazos abiertos al final de la meta:  desarrollo de sí mismo, formación del carácter, personalidad fuerte y que sabe amar, identidad total con la misión que cada uno ha descubierto para su propia vida.  
Blog
Publicaciones
Un día en Alpamayo
Blog del Director
Videos
Calendario
Comedor

Síguenos en

Facebook Youtube Flickr

Palabras clave:

Las más leídas

 

© Colegio Alpamayo. Todos los derechos reservados.
Bucaramanga 145 Mayorazgo, Lima 03. Perú.
Teléfono: 01 3490111 | Email: informes@alpamayo.edu.pe

Diseño web AVRA.pe