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Blog del director: Secretly Greatly

No hace mucho, viajando en un avión, tuve la oportunidad de ver una película coreana “Secretly Greatly”.  Si bien la intención de estas líneas no es hablar de ella, de más está decir que me gustó mucho y la recomiendo para quienes les gusta la combinación de comedia, drama y acción. Además, hace pensar mucho sobre la situación entre las dos Coreas.  Pero volvamos al título y planteemos el tema a desarrollar: ¿qué es lo que nos hace ser secretamente grandes?  ¿Hay algo que pueda hacer conmigo mismo, o con mis hijos, para llegar a ser grandiosos?

En la película, un joven agente de Corea del Norte es preparado desde su niñez para ser un espía implacable. Llegado el momento, es enviado a Corea del Sur en espera de las órdenes para acabar con todo enemigo que se le indique.

Criado desde un punto de vista humano con virtudes militares que enrecian a la persona, también ha sido preparado para odiar.  Sin embargo, el joven sufre una transformación imperceptible, la cual lo llevará a resolver su vida de una manera sorprendente para los ojos occidentales pero que significan mucho cuando uno conoce de la historia del mundo contemporáneo. El amor y la caridad son siempre motores del cambio personal.

Secretamente grande. Esa es una muy buena misión para educar a los hijos: hacer de ellos, en el tranquilo y doméstico ámbito de la vida familiar, grandes por la virtud.

Nadie se entera, nadie se inquieta, pero los buenos padres saben dejar la buena semilla en el corazón de los hijos.

Como nuestro joven espía, esto incluye la formación de buenos hábitos: orden, constancia, puntualidad, esfuerzo, saber soportar el dolor y las pequeñas molestias sin quejarse.  Pero también supone enseñar la principal capacidad en la vida de una persona: amar y entregarse.

El discurso del Papa Francisco a profesores y estudiantes en Quito el miércoles 8 de julio, les recordó que “no cultiva quien no cuida y no cuida quien no cultiva”.  

Ante una cultura que se degrada –visible a todas luces- y que es capaz de degradar al mundo, el propio hábitat donde vivimos, urge sentir la importancia de ser padres capaces de formar hijos responsables.
 
Responsables, en primer lugar, de sí mismos, de su cuidado y presencia personal, de sus estudios, y luego responsables de las obligaciones con los demás: el afecto y la cooperación con los hermanos, con los padres, el amor y respeto mutuo.  Así, secretamente desde el hogar, cada hijo llevará su grandeza a la sociedad. Es en casa donde se aprende la escuela del servicio, de la solidaridad, del respeto. 

En este año de la familia convocado por el Papa Francisco, pongamos todo el empeño para que cada una de las nuestras sea efectivamente un foco de irradiación de la virtud, de la alegría, del compromiso solidario.

Renzo Forlin

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