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Blog del director: Un colegio para toda la familia

Corría el año 1951, en la relativa tranquilidad de la posguerra, cuando un hombre con mirada clarividente propia de los santos escribía:  “¡El Colegio!: el colegio son los niños y los padres de los niños y los profesores, en una unidad de intenciones, de alegrías y de sacrificios generosos.”  Hoy, más de 60 años después, esa la visión de San Josemaría Escrivá se ha mostrado como una luz eficaz que ha iluminado una multitud de proyectos educativos en todo el mundo.

Los colegios Alpamayo y Salcantay se sienten comprometidos con esa propuesta. Desean ver a cada niño desde la propia perspectiva de los padres.  Es decir: ser aliados en la formación de sus hijos.  Por eso, desde su fundación, han sido y son pieza clave de su quehacer educativo las actividades de formación familiar, la preceptoría con los alumnos (coaching, diríamos hoy) y las entrevistas de asesoramiento educativo familiar con cada matrimonio.

Para lograrlo, nuestros colegios llevan a cabo una intensa formación de su equipo docente. Ellos dedican valiosas horas en programar reuniones de formación para concretar proyectos de mejora personal con cada alumno y con cada familia.

Pero toda esta labor sería poco eficaz si no va condimentada con la sazón que San Josemaría añadía: unidad de intenciones, de alegrías y de sacrificios generosos.  Por eso, nos sentimos en primer lugar una gran familia con una meta común:  formar familias unidas por lazos fuertes, donde se practiquen las virtudes cristianas y la fe ocupe un lugar preferente.  Cuando la familia se desarrolla en un ambiente de paz y solidaridad, los hijos tienen todo su potencial de aprendizaje dispuesto totalmente para desarrollarse académicamente, sin preocupaciones sobre su futuro y su tranquilidad.

Recientemente el Prelado del Opus Dei recordaba estas palabras de San Josemaría: 

¡Quereos de verdad! (...). Desde luego, delante de los hijos, no riñáis jamás; que los niños se fijan en todo, y forman enseguida su juicio. No saben que san Pablo ha escrito: qui iúdicat Dóminus est (1 Cor 4, 4), que es el Señor el que juzga. Se erigen en señores, aunque tengan tres o cuatro años, y piensan: mamá es mala, o papá es malo: ¡es un lío tremendo, pobres criaturas! No provoquéis esa tragedia en los corazones de vuestros hijos. Esperad, tened paciencia; y ¡ya reñiréis!, cuando el chico esté dormido. Pero poquito, sabiendo que no tenéis razón. (Notas de una reunión familiar del 26-VI-1974 / Escanear QR).

Como consecuencia de una vida llevada así, aparece la alegría, el gozo de ver crecer a los hijos, tarea no exenta de pequeñas dificultades pero que se resuelven cuando uno tiene claro cuál es la meta educativa y educa con sentido cristiano de largo plazo.

Debemos recordar que toda tarea formativa implica siempre sacrificio generoso que se puede sintetizar en servir a los demás, en hacer amable la vida a los otros sin esperar compensaciones.  Parece fácil decirlo pero sabemos que en la práctica esto es difícil de hacer, pero no imposible. Cuando se ama, se está dispuesto a servir, saliendo de la comodidad de uno mismo. Y la consecuencia de ese servicio, es mayor amor.

Renzo Forlin

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