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Una reflexión para saber convivir

Talvez, uno de los aspectos más difíciles de la vida en la familia es el sable convivir, tanto dentro como fuera de la casa. Hay diferentes temperamentos, maneras de ser, de pensar, otros gustos, otros deseos. Con facilidad, perdemos los estribos, gritamos, hacemos sufrir, les ofendemos a los demás. ¿No es cierto que pasa eso? Si nos preguntaron, ¿cuándo habrá sido el último enfado, ¿qué habría de buscar muy lejos? Con qué facilidad interpretamos mal que otros han dicho o han hecho. Aguantamos un poco. Vemos mala intención y se nos va la lengua. Luego provocamos sin darnos cuenta una reacción en cadena. Leí una vez una anécdota que contaba lo siguiente:
 
“Un señor llamó por teléfono a su esposa, desde la oficina, diciéndole qué iría a un lugar con dos amigos, y que, por tanto, preparase una comida aceptable. La esposa acogió la noticia como una queja. Y después de pronunciar varios improperios, colgó el aparato. Su marido quedó con resentimiento y la ira comenzó un removedor. Los primeros efectos se han convertido en los gritos del jefe. Este empleado se aguantó en silencio, pero, al salir de la oficina para una casa, rechazó la comida de la esposa. Bajo los efectos del disgusto, la esposa del empleado no pudo dormir esa noche. Al levantarse del mal humor, dio dos gritos al hijo pequeño, porque tiró el azúcar al suelo. El niño se marchó al colegio y algunas horas después, la maestra se comunicó con la madre para informarle que el niño había sido una pelea y que estaba suspendido ".
 
La cadena de ira no tuvo la intención de provocar todas esas reacciones. Pasó mal el día él. Y lo hiciste pasar a todos. La cadena de ira se fue pasando de mano en mano en mano por falta de dominio de sí.
 
Quizá pudiéramos contar anécdotas muy parecidas, vividas o presenciadas por nosotros mismos. ¿Es este el estilo de vida que debemos cultivar? ¿Cómo lograr todo lo contrario? Pues la verdad es que, cuando vemos acciones buenas en los demás y dominio de sí, nos encanta. Para sable convivir, siempre hay que hacer este ejercicio. Tenemos que saber la manera de ser de los demás. A veces, es sabre, por ejemplo, esperar al otro. Cuántas veces ocurre esto entre los esposos. O bien aceptar el gusto del otro, sable callar una queja, poner buena cara ante una incomodidad. La verdadera causa de nuestros problemas es siempre falta de amor, de pensar más en el otro. Por tanto, no echemos la culpa a los demás, al menos, toda la culpa. Terminar la grabación de cuando se rezamos ante el Señor, por ejemplo, el comienzo de la Santa Misa, con una actitud humilde, decimos: sí, yo confieso que he pecado mucho, y ha sido por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Qué bueno sería, si supiéramos pensar siempre así. En nuestras casas o en nuestro trato con los demás. Vamos a terminar estas palabras con ese deseo de evitar, cuanto podamos, los enfados entre nosotros, para saber convivir y buscar hacer la vida agradable a los demás.

 

 

 

Profesor

 

 

José Daniel Materán Rodríguez

 

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