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Carta del Director

C

harles Dickens fue uno de los genios de la literatura del siglo XIX.  Creo que sin lugar a dudas hemos gozado leyendo algunas de sus obras o viéndolas en el cine.  Recordemos a Oliver Twist, David Copperfield, Historia de Dos Ciudades, Una Canción de Navidad… La lista es amplia.  A través de sus libros hizo una severa crítica social de la época, siempre válida.  Justamente, quiero fijarme, ya que estamos en época propicia, en el último de los libros mencionados, que es una narración corta:  Una Canción de Navidad.

Recordemos un poco la obra. Dickens centra su historia en un anciano avaro y amargado, Scrooge, que no celebra la Navidad.  No participa en la invitación navideña de sus familiares, otorga solo un día de permiso a su trabajador Bob Cratchit -explotado por él hasta el hartazgo y malpagado-, desprecia a unos hombres que le piden donativos para los pobres. En resumen, un hombre encerrado en sí mismo que solo vive para trabajar. 

En la noche de Navidad lo visita el fantasma de su viejo socio fallecido años atrás, Jacob Marley, cargado de cadenas y condenado a arrastrarlas por su vida de avaricia.  Le advierte que a él le espera todavía una condena mayor, pero le abre una puerta de esperanza, pues le indica que se le aparecerán tres espectros que le darán una oportunidad para redimirse.

La obra avanza y en los tres capítulos siguientes -Dickens los titula “estrofas”, pues su libro es una “canción” de Navidad- estos fantasmas le muestran la muerte trágica de un niño -el hijo de su trabajador- como fruto de la avaricia de Scrooge; lo confrontan con su niñez, cuando él todavía no se había corrompido y celebraba con alegría la Navidad; y, por último, le muestran su propia muerte.

Arrepentido, decide cambiar su vida y nada más despertarse, Scrooge va donde sus familiares, ayuda al hijo de su trabajador, atiende a los que le pedían dinero y se vuelve un hombre alegre y servicial. ¡Gracias Dickens por darnos esta oportunidad de reflexionar!  Creo que ningún lector será un Scrooge 100%, pero  cuántas veces vivimos de algún modo como él: concentrados en el trabajo con la excusa de sacar adelante a la familia, pero prestándole poca atención personal a cada uno de sus miembros, o encerrados en nuestro propio mundo, nuestras aficiones, las redes sociales.  Es hora de cambiar.

Y la Navidad es un buen momento para hacerlo.  Paremos un poco, hagamos un stop, reflexionemos en silencio.  La música es solo buena cuando tiene silencios, y los silencios en algunos instrumentos es lo más difícil de tocar.  ¡Nos hacen falta buenos silencios para que la música de nuestra vida sea de la mejor!  Por eso, aprovecho para recomendar a todos realizar cada día un rato de oración personal, de meditación.  Un encuentro con Dios y uno mismo.  Y allí, en ese silencio, se reencuentra también uno con la familia.

En esa noche de Navidad, tal vez con la prisa de los regalos, el bendito pavo, el buen chocolate y las visitas de la familia, nos quede poco tiempo para profundizar en la trascendencia del significado de ese momento:  Jesús, el Hijo de Dios, se hace niño, se hace hombre como nosotros y viene a salvarnos.  La historia comienza ahí.  Me permito sugerir que en esa noche, con toda la familia, después de los saludos, se congregue a todos delante del Nacimiento y se haga una pequeña reflexión, tal vez una brevísima lectura del pasaje del nacimiento de Jesús (tres líneas bastan, porque los niños no van a seguir más...), luego un instante de silencio y, tal vez, una pequeña reflexión, o -mejor aún- que cada miembro de la familia haga un propósito de mejora en voz alta.

Haz de esto una tradición, y dale a esa noche navideña el verdadero espíritu transformador.  Con el tiempo, tú y tus hijos recordarán esa tradición con cariño, con ternura y con la conciencia de haber luchado para llevar a la práctica esos propósitos.  ¡Feliz Navidad!

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